La prueba de fuego.

Ya es una realidad. Hoy mi novia se ha marchado a Barcelona por unas tres semanas para visitar a sus padres. Durante ese tiempo, me quedaré cuidando la casa que compartimos.
¿Es tan importante como para hacer de ello una entrada en el blog?, preguntaréis, y os contesto: sí.

Nunca, repito, nunca he vivido absolutamente solo. Siempre, a lo largo de mi vida, he tenido a alguien con quien convivir: la familia, una pareja o incluso un perro, pero nunca lo he pasado completamente solo. Esta es la primera vez.

Siento una mezcla de sensaciones contrapuestas: la marcha de mi pareja me provoca tristeza, como es lógico, pero a la vez, los días que me aguardan han sido planeados con la ilusión de un nuevo reto: vivir embebido en la escritura a diario, como un eremita, concentrado en las historias que me he propuesto escribir. ¿Terminaré enloquecido por la soledad, hablando con los muebles y con mi cocodrilo de plástico?
De momento, no me preocupa la demencia, porque, claro está, el plan no es tan radical como parece. Bajaré de vez en cuando visitar a mis padres y me relacionaré los fines de semana. Eso sí, el resto de la semana estaremos yo, el cocodrilo y mi ordenador... yo y mi imaginación.

A ver que pasa.