Praemortis, el primer relato.

Pues no, otro año más, los Reyes vendrán tarde a dejarme los regalos. Lo prefiero, que conste, porque así las cosas le salen más baratas al que regala. Además, con mayor razón, porque me he pedido una televisión de plasma (ya que sólo voy a recibir un regalo, al menos que sea bien consistente, digo yo). Casi nunca veo la tele, pero sí que la utilizo para jugar a la videoconsola (me viene genial para despejar la mente).

Sin embargo, en estas fechas me gustaría hacer un regalo a todos mis lectores: el primer relato que escribí de Praemortis, cuando la idea aún bailaba en mi cabeza sin adquirir forma. Es un relato muy cortito, producido en una fría noche de noviembre del año 2005 (Praemortis I. Dioses de carne fue publicada en mayo de 2011). Por aquella época, el mundo de Praemortis no estaba apenas definido, pero yo ya tenía muy claro de qué quería hablar. De hecho, en el relato ya aparece un personaje que después ha terminado apareciendo en la novela.

Desde su creación, no he tocado ni una sola coma, ni tengo intención de hacerlo. El relato es algo confuso, carece de un estilo literario pulido, está lleno de elementos que luego han quedado mucho mejor perfilados y de ideas que, incluso en el momento de su escritura, aún no tenían una forma clara... pero es lo primero que escribí relacionado con lo que, años después, y tras mucha planificación, repasos, correcciones, reinvenciones y demás, ha terminado convirtiéndose en mi proyecto literario más ambicioso. Es lo primero que narre sobre el mundo de Praemortis.

El relato que os dejo es el fruto de una creación espontánea, el germen de una idea. Así debe quedarse.

Disfrutadlo:

***


-¿Preparado? –dijo el doctor, inclinándose sobre mí. Respondí afirmativamente, y reclinó aún más mi silla, hasta colocarme totalmente tumbado.

Alargó el brazo hasta una mesa de operaciones cercana y acercó una aguja hasta mi brazo. Noté el cálido líquido introduciéndose en mi interior, circulando hasta llegar a mi corazón y, entonces, el paro.

Se me crisparon los dedos por el dolor, como una indescriptible punzada. Cerré los dientes con fuerza, mientras el dolor recorría todo mi cuerpo como una llama.

-Relájese –dijo el doctor, pero al momento cambió su expresión. Un borbotón de sangre negra salió de mi boca, manchando la camisa de operaciones.
-¡Se le ha soltado el mordedor! –gritó a una de las enfermeras, que al momento se colocó tras de mí e intentó abrirme la boca con todas sus fuerzas
-¡Doctor, se tragará la lengua! –gritó, desesperada. Mis convulsiones eran cada vez más incontrolables, pareciera que el pecho me fuera a estallar. La lucha natural de mi alma por aferrarse al cuerpo; resistiéndome, aunque no quisiera, a abandonar el mundo de los mortales.
Al fin, la enfermera logró colocarme el mordedor de nuevo. Me sentí calmado por unos instantes, pero pronto el dolor se hizo más y más agudo, más punzante, hasta que su intensidad se transformó en un torrente que recorrió todo mi sistema nervioso hasta estallar, finalmente, arrancándome de cuajo los estertores de la vida.

Al fin había muerto.

Desperté, en mitad de un ciclón de almas de una fuerza sobrenatural. Movido de forma caótica, alcancé a ver las almas de cientos, de miles de personas que habían muerto en el mismo instante que yo.
Entonces, el ciclón se dividió. Dos vorágines caprichosas, repletas de almas, que ahora bailaban al son de una música estruendosa. Tras danzar una eternidad y un segundo juntas, se separaron, y cuando volví a pestañear el otro había desaparecido en la nada.
Continué, en medio de aquel griterío de confusión, de aquel viento que traía sones de trompeta lejana, hasta ver ante mis ojos una tierra yerma. El ciclón se transformó entonces en una catarata, y como gotas de agua lanzadas al mar del olvido fuimos escupidos a aquel yermo, donde miles de millones de almas aullaban de dolor y desesperación, atormentadas.

Muy lejos de allí, antes de llegar a mi destino, vi el otro ciclón, que depositaba las otras almas. Separados ambos lugares de una sima, el yermo y el prado, el paraíso... y el Gehena.

Abrí los ojos de nuevo, para encontrarme en una camilla, rodeado por una jungla de cables y un respirador acoplado a mi cara. Miré aturdido y asustado a mi alrededor, allí se encontraba el Dr. Ramos.

-Despertó –dijo sonriente. Intenté gritar de pánico por el recuerdo, pero noté entonces una debilidad que no había percibido. El grito se transformó en un balbuceo apenado.
-Es normal la debilidad que experimenta, Iván, no todos los días a uno le sobreviene la muerte –esta última frase pareció escapársele e intentó corregirla- quiero decir, evidentemente, a nivel personal. En Praemortis tenemos su resurrección totalmente asegurada.
Esbozó una sonrisa de conformidad, sintiéndose a gusto por cómo había arreglado la frase, y como si nada hubiera ocurrido, me extendió la factura por los servicios prestados.