Lo poco que trajo el verano.

Habréis notado que, a diferencia de lo que suele ocurrir normalmente, no publico una nueva entrada todos los jueves.
Yo también lo he notado, pero no es mi culpa, al menos, no del todo.

El verano es una época del año extraña para mí. El trabajo se paraliza y todo el mundo corre a llenar las payas. Quienes nos quedamos en Madrid notamos cómo ésta se transforma en una ciudad fantasma. Hay menos coches, menos gente, menos ruido... menos de todo, y todo bajo un sol implacable: 40º C (104 Fº) de sol y nada, absolutamente nada que hacer.

Parece que todo se contagia de la misma modorra. En mi caso, y aunque no lo quiera, también es así. Mi trabajo se reduce, en parte obligado por las circunstancias, pero también influenciado por la apatía veraniega. Escribo menos que de costumbre (de ahí que no aparezca por mi blog).

Los días son más lentos, más aburridos...

Sí, lo habéis adivinado, no me gusta el verano. Creo que he olvidado cómo aprovecharlo, de modo que me dedico a observar cómo la gente se torra bajo el calor implacable desde mi cómodo sofá, en mi salón con aire acondicionado, y mientras tanto cuento las horas y los días, esperando con paciencia que los cielos vuelvas a nublarse y bajen las temperaturas. A que todo vuelva a mi normalidad.

Por fortuna, no queda mucho. Septiembre promete el final de la inamovilidad veraniega. Seguirá haciendo calor hasta octubre, pero publico mi nueva novela y comienzo a dar clases como profesor en un taller literario (sobre lo último ya hablaré la próxima semana). Es el preludio de la vuelta a la actividad. Sí, septiembre promete.

Adiós, aburrido verano, adiós.