La interpretadora de sueños. Por Rafael R. Costa


El mundo que nos ha tocado vivir es injusto con la literatura. Hoy se valora más la estrategia de mercado, el morbo o la más simplona de las modas que cualquier auténtico valor con el que medir a los escritores, con el que llamarlos utilizando todo el peso de esa palabra: Escritor. Sí, con mayúscula.

Lo peor de todo es que algunas veces nos dejamos llevar por esa corriente estúpida y sin percatarnos muy bien de las razones, terminamos con un libro anunciado en marquesinas, carteles de metro y banners de Internet. Pero ahí reside precisamente la clave: que lo hayamos comprado sin enterarnos bien de las razones, guiados por la sugestión del anuncio. Sólo cuando lo abrimos y comenzamos a leer se deshace el embrujo. Con las cincuenta primeras páginas entendemos que nos han vendido otra basura comercial y hueca. 
Por esa razón, cuando uno se topa con una obra realmente buena y advierte que se vende al mísero precio de dos euros con setenta y siete céntimos (y lo escribo en letra para que cale más hondo), no puede evitar enfadarse un poquito más con el mundo.

Tal vez no tendría que haber comenzado una reseña con semejantes aires de indignación, pero encontrarme con que La interpretadora de sueños ocupa el puesto cincuenta y tantos en novela histórica, por debajo de auténticos bodrios, me ha enervado. Tenía que soltarlo. El mundo es injusto.

Y es que, desde las primeras páginas, La interpretadora de sueños se presenta como una novela escrita con una brillantez exquisita.  El autor domina las letras con una veteranía que en ocasiones llega a sobrecoger por su lirismo y su musicalidad. No resulta extraño, si se tiene en cuenta que Rafael R. Costa se dedica a la poesía, el género más literario de todos. Como resultado de esta herencia el lector encuentra párrafos a los que no les sobra nada e intervenciones de los personajes que en ocasiones rozan la máxima filosófica.

Es ésta una novela profunda, pero no densa; cadenciosa, pero en absoluto lenta. El relato de los personajes, sus opiniones, sus anhelos, sus miedos y,  sobre todo, sus sueños, priman sobre la acción, pero ésta, cuando se sucede, coloca al lector en unos escenarios de una riqueza descriptiva que sorprende. Es fácil pasear por las calles de Praga, Nueva York o Viena, y ver con los ojos de la imaginación personajes como Hemingway, Kafka, Houdini o Hitler. Pero no es que el autor los describa, sino que los resucita mediante las letras, de modo que no llegan a sobrar, ni parece que hayan sido incluidos para darle algo de vidilla a la historia. Están porque tienen que estar; porque, en el territorio de infinitas posibilidades que es una página en blanco, debían encontrarse con Sarah Georginas Parker, la interpretadora de sueños.

Georginas, enigmática, bellísima, busca el reconocimiento de su hijo, fruto de un matrimonio cuya legitimidad parece haberse hundido con el Titanic. Su lucha la conducirá a viajar de Praga a Nueva York para dedicarse a interpretar los sueños de todo tipo de personajes.
Pero en la misma Georginas destaca algo de onírico: el detalle de una mujer que enamora a la urdimbre de la Historia, de tal modo que no sólo personajes famosos llegarán a entregarle su corazón, sino que el mismo universo gira para mostrarle los grandes acontecimientos que azotan la primera mitad del siglo veinte: desde el final de la Gran Guerra hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Todo será vivido por una Georginas que parece no dar importancia a su tremendo magnetismo. ¡

Pero quizás soy yo quien está dándole demasiada importancia a su personalidad.  Quizás le atribuyo poderes más elevados de los que realmente posee, y no es más que una pobre mujer que busca redimir el apellido de su hijo y que sobrevive gracias a los conocimientos que posee sobre teoría freudiana. Sí, quizás así sea, y lo que sucede es también yo he caído en la trampa hipnótica de Sarah Georginas Parker.

Lo mejor
Reiterando: el estilo. El autor nos conduce por donde desea hacerlo, nos transporta con sus palabras a uno u otro estado de ánimo, al amor y a la guerra, al bullicio de las ciudades y a la soledad del gabinete de interpretación de sueños. Todo se conjura entre las líneas como un hechizo, como un sueño. No hay forma de abandonar la lectura.

Lo peor
Lo peor de esta novela es que es literatura, literatura de verdad. Y como no pertenece a ninguna moda comercial ni recurre al morbo o al éxito fácil, y dado que muchos de nuestros editores se hallan poseídos por el espíritu de la calculadora, temo que acabe enterrada bajo la estulticia de nuestro tiempo.
Le deseo al autor que no sea así, y que el merecido éxito que debe cubrir a La interpretadora de sueños le llegue cuanto antes. 

5 comentarios:

Valdemar dijo...

Uf...
No sé qué palabra emplear para agradecerte este super comentario sobre mi Georginas.
Muchas gracias en nombre de los personajes (auténticos protagonistas de todo esto), no sé si las reseñas. las críticas, los comentarios fetén, se enmarcan, pero este desde luego es para hacerlo.

Brindaré por ti, y por ellos (los personajes).
Gracias, emocionante,

Rafael

Carlos Molina dijo...

Es comentario elegante y preciso que le hace justicia a una obra de calidad. Felicidades Rafael y gracias Miguel por el tiempo que se toma para hacerlo.

Blanca Miosi dijo...

Estoy absolutamente de acuerdo con tu reseña, Miguel Ángel. Cuando leí La interpretadora de sueños supe que no era una novela del montón, sin embargo, como dices, irá quedando sepultada por bodrios incomestibles. La verdad, no sé en qué se basan los lectores para llevar a una novela a la cima, pues tampoco creo que la promoción (pobre, pero constante en Twitter) haga el milagro. Creo que es cuestión de cultura y por desgracia es lo que menos existe.
Te agradezco esta crítica tan merecida a un autor valioso.
Blanca Miosi

Rafael R. Costa dijo...

Gracias por tus palabras, Blanca.

Los personajes de mis novelas conviven en una residencia que tengo ubicada en un remoto lugar. Se trata del Castillo Bávaro de Sanderson.
Algún día te invitaré a ese lugar.
Un beso, reina.

Rafael

Carmen Grau dijo...

Gracias por este magnífico artículo, Miguel Ángel. Ojalá hubiera más lectores que valoraran y reseñaran así una obra de verdadera calidad literaria. Desgraciadamente, el gran público prefiere leer otro tipo de obras, más simplonas, pero al final son los libros como este los que perduran en el tiempo.