Confesiones literarias I. El escritor que nace y el escritor que se hace.

Con esta primera entrega de mis confesiones literarias, comienzo una serie de publicaciones en el blog dedicadas a explicar algunos detalles de la creación literaria que no siempre se explican en los talleres. Algunos de estos detalles sólo se consiguen por medio de la experiencia; otros, simplemente, no se conocen; y otros, a pesar de conocerse, no suelen revelarse.
Debo aclarar que el contenido de estas entradas es puramente subjetivo, está basado en mis propias vivencias, y viene a completar algún aspecto de lo escrito sobre técnicas narrativas, en este mismo blog.

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La primera de mis confesiones literarias gira en torno a la eterna pregunta: ¿el escritor nace o se hace? He conocido a profesionales que insisten en que el escritor nunca nace, sino que se forma a partir de la práctica y la lectura. Bueno, no les puedo negar parte de la razón, pero no toda.
Es cierto que un escritor no nace sabiendo escribir, así, sin más. El proceso de formación literaria es lento, y dura toda la vida. Estoy convencido de que hasta los escritores más consagrados declararán, si se les pregunta, que aún tienen mucho que aprender.

No obstante, es un error negar que hay quienes nacen con cierta predisposición creativa. En este sentido, durante los últimos años he comprobado que quienes defienden que sólo existen los escritores que se hacen, y niegan una capacidad innata para la creación literaria, son en todos los casos profesores de talleres literarios. Este detalle se me antoja un poco sospechoso. Ahí lo dejo.

No nos equivoquemos ni nos hagamos ilusiones, un escritor, un verdadero escritor, nace con la creatividad. Esa creatividad no puede adquirirse de ninguna forma, ni con ningún aprendizaje posible. Es así de claro, y así de duro.

¿Puede alguien que no tiene dicha creatividad convertirse en escritor? La respuesta es sí. La práctica, mediante la lectura y la escritura (los talleres literarios también están bien, pero nunca los consideraré necesarios), terminarán dotando de cierta técnica a quien desee escribir, es lógico. Puede llegar a convertirse en un profesional, pero nunca dispondrá del alcance de quien ha nacido con las dotes.

En la próxima entrega me ocuparé de un importante truco literario: cómo ocultar errores de trama, tomando como ejemplo una de mis películas de ciencia ficción preferidas: Matrix.