Confesiones literarias III. Tres detalles sobre la escritura de una novela.

Los jueves, justo después de comer, llega el momento de encerrarme en mi habitación de escribir, una especie de trastero - despensa, donde guardo lo que molesta en otros lugares de la casa. En las paredes de esta habitación he colgado montones de fotos sobre el Madrid de los años 20, que le compré a un vendedor ambulante cerca del Panteón de los Hombres Ilustres, y que me sirven para meterme mejor en la novela que estoy escribiendo.

Enciendo el ordenador, reviso el correo y facebook (estoy más tranquilo si sé que no tengo nada pendiente) y cuando estoy a punto de iniciar el proceso de escritura caigo en que estamos a jueves, y que toca entrada del blog. 
¿Y por qué no escribir una de las confesiones literarias para declarar algunas curiosidades del mismo proceso de escritura?, me digo, mientras veo mi cara reflejada en la pantalla del ordenador. 

Sí, creo que es una buena idea. Así que la entrada de hoy está dedicada a tres detalles importantes que todo escritor con algo de experiencia acaba viviendo, pero que no suelen detallarse en ningún manual ni taller literario:

Tal vez lo primero que alguien debería saber cuando comienza con la escritura de una novela, o incluso de un relato, es que, la inmensa mayoría de las veces no se trata de un proceso lineal. Uno no comienza a escribir por el título, alcanza el final después de unos meses y termina la novela. Escribir no es sino un proceso circular; es decir, a medida que es escribe, el creador se siente en la necesidad de volver al principio para cambiar acontecimientos, declaraciones de los personajes y hasta capítulos enteros. A veces, lo último que se escribe es, de hecho, el título de la novela que tenemos entre manos. 

He conocido a escritores noveles que no asimilaban este concepto, pero debemos tener en cuenta un elemento importante: nuestros personajes, desde que comienzan a tomar parte en nuestra historia, están vivos, y como tal, adquieren cierta independencia que puede transgredir aquello que habíamos planeado cuando concebimos la historia. 
Si os sucede algo así; si un día descubrís que vuestros personajes han adquirido voluntad propia, no los limitéis. Dejad que actúen de acuerdo a su carácter, porque resultará mucho más creíble para el lector.

Esto nos lleva a la segunda de las confesiones de hoy: pocas cosas hay tan valiosas para un escritor como verse sorprendido por su propio relato. Cuando los personajes actúan de forma independiente, la historia fluye tomando rumbos que jamás habríamos podido imaginar, y es entonces cuando nosotros mismos quedamos sorprendidos por giros en la trama que no habíamos planeado. Cuando ocurre esto, podéis tener la seguridad de que el lector recibirá la misma sensación.

Y con ello alcanzamos la tercera y última (por hoy) de mis confesiones. Tal vez os suene raro, pero os garantizo que existe, de alguna forma, la capacidad de transmitir al lector justo lo que el escritor está sintiendo cuando escribe un capítulo concreto, o incluso un párrafo particularmente excepcional. Por eso es esencial y necesario que un escritor se encuentre, no sólo cómodo, sino ilusionado con su manuscrito. Si él se emociona con los párrafos que escribe, es muy posible que el lector consiga recibir lo mismo. Hasta ahora, puedo decir que me ha sucedido con todo lo que escribo, y pocas cosas hay tan gratificantes como saber que tus lectores han sentido la misma intensidad que "derramaste" tú al escribir. 

Tal vez sucede que, en el fondo, y a pesar de los kilómetros que puedan separarnos, estamos más próximos los unos a los otros de lo que creíamos.