Por qué los escritores necesitamos escribir... por encima de todo

Por lo general, el día a día de un escritor mantiene una apariencia tan normal como la de cualquier otro ser humano. Hace las tareas de casa, va a comprar, acude a su empleo (que, por lo general, no es más que algo con lo que pagar sus facturas, hipoteca o alquiler). Se relaciona con sus amigos y/o su pareja... podría decirse que hay mucho de usual en su quehacer diario, y sin embargo...

En la vida del escritor hay un instante que lo cambia todo, que revoluciona su pequeño universo interior: la llegada de la idea.
Esa chispa de inspiración aparece cuando no se espera, en cualquier minuto del día. Puede sorprenderle mientras viaja en metro, durante una conversación con sus amigos o en mitad de la noche. Nunca se sabe, pero es ese carácter sorpresivo lo que convierte el arranque de inspiración en una sensación tan magnífica, tan envolvente. 

Por eso, un escritor veterano lleva consigo una libreta, y jamás, jamás se separa de ella. Su libreta es sagrada. Mucho más importante que las llaves de casa, el móvil o la cartera. La libreta es lo que le salvará de escribir algo mediocre. 
Cuando la idea llega, el escritor busca la libreta y escribe a toda velocidad, como si estuviera poseído por un frenesí. Es muy importante que anote todo cuanto antes, porque la inspiración es semejante a un suave hálito, igual que un clímax breve pero intenso. Si se tarda demasiado, el hálito se agota, ya no conserva la energía original. Como si la idea, de algún modo, perdiera su carácter de original, de revolucionario, de magnífico. 

Una vez apuntada, la idea permanece latente. Latente en la libreta y latente en la cabeza del escritor. Está fermentando, tomando forma, enraizando. Esta aguardando el momento de ser escrita. Hay un día preciso en el calendario para ello, señalado por una especie de hado ajeno a cualquier plan humano, libre de los instantes y los vaivenes de la historia. 

Y así un día, el día, el escritor sabe que ha llegado la hora de ponerse a escribir. Toma esa idea, que ya ha madurado lo suficiente, se planta frente a la página en blanco y la vence. Redacta la primera palabra, la primera frase y el primer párrafo. Y ese párrafo provoca una sensación indescriptible. Es la introducción en un universo nuevo, el inicio de la aventura. Lo que seguirá a partir de entonces es un misterio. El escritor sufrirá, llorará, reirá y se emocionará. Vivirá momentos desesperantes cuando se bloquee, o sentirá que no da abasto durante los minutos y las horas en que las musas le posean. 

Tal vez, al terminar, descubra que lo que ha escrito le ha cambiado la vida.

Escribir no es una profesión, no puede serlo de ningún modo. No se trata de una tarea mecánica, de un proceso cotidiano. Escribir es una necesidad, un acto poético. Por ello, el escritor termina uniendo letras a pesar del tiempo, a pesar de su situación personal. A pesar del mundo. 
Muchos no comprenden por qué escribir es tan importante para quienes lo llevamos arraigado, y por qué se encuentra por delante de muchas otras prioridades. 

Tal vez esta entrada os ayude. 

2 comentarios:

Mercedes Gallego dijo...

Estoy de acuerdo. Yo escribí un día en algún sitio que escribir es una forma de ser. Lo de la libreta está en mi vida desde que era dolescente.

Alejandro Feito dijo...

Ese momentto en el que sacas tu "libreta" (Yo usso el móvil para eso) como un poseso para apuntarr la isea antes de que empiece a difuminarse y la gente de tu alrededor te mira en plan "¿Qué le pasará a este?" Jajajajaja Creo que es una de las particularidades más características de nuestro peculiar estilo de vida y con la que noa identificamos la mayoría.