Actualmente buena parte de los escritores y teóricos de la literatura están de acuerdo en lo que podría denominarse como un “ingenium”. Una habilidad especial que todo buen escritor posee, innata. Es una predisposición artística que mueve a un interés posterior por la literatura –primero a la lectura y luego a la escritura-. Por ello, un escritor sobretodo, por lo que se distingue es por su ansia de escribir. Disfruta con ello, por mucho que le cueste producir lo que escribe, y no puede dejar de hacerlo porque realmente es escribir lo que quiere. Es movido por un ansia creadora, una manera de expresar inquietudes, desde las trascendentales a las más mundanas.
Esta predisposición innata a la escritura es una de las características de todo escritor. Es una voluntad creadora, una imaginación que siempre anda trabajando y creando nuevas historias y es, además, la necesidad de contarlas a otros. Asimismo, al escritor le gusta escuchar y leer otras historias. Por ello, el escritor es antes que nada un ávido lector. Alguien a quien no le guste leer no puede llegar a convertirse en un buen escritor, porque, además, la lectura es el primero de los escalones para alcanzar una técnica, pero no es el interés por la técnica lo que mueve al escritor, sino el deseo de alimentar su imaginación con las historias ajenas, de las que, luego, directa o indirectamente, aprenderá algo.
Así, tenemos que el escritor se define por una capacidad innata, un “Ingenium” y una técnica adquirida, un “Ars”. Esta misma idea es la que recoge Horacio en su “Epístola a los pisones” ya en el s. I a.C. La predisposición que el escritor posee para la literatura debe alimentarse de una técnica que irá evolucionando con las lecturas que éste haga.
Pero no sólo de lectura se alimenta esta técnica. El escritor debe, como es lógico, escribir para perfeccionarla. La lectura empapará al escritor novato de diversos estilos, sobretodo, del de los autores o géneros que le guste leer. Este estilo que ha asimilado con la lectura será el que posteriormente se plasme en sus escritos. Una imitación, al fin y al cabo, del escritor o escritores que le guste leer.
En este momento se ha transformado en un epígono, alguien que sigue el modelo de los creadores, sus huellas. También ahora ocurre con frecuencia que el escritor novato se encuentra con que aquello que quiere contar debe sonar grandilocuente, por lo que no es infrecuente recurrir a un exceso de barroquismo para decorar la obra. El manuscrito se llena entonces con gran cantidad de adjetivos y formas retóricas que no hacen sino molestar al lector pero que dan a su creador la sensación de que está produciendo algo de grandes proporciones. La mayoría de escritores consagrados aconsejan deshacerse cuanto antes de este barroquismo innecesario y escribir con naturalidad pero elegancia. Escribir como se habla y dar más importancia a lo que se cuenta por encima del cómo se cuenta, al argumento por encima de la forma. Este argumento deberá ser expresado buscando las palabras exactas y evitando dar vueltas innecesarias.
Entonces, cuando un escritor haya abandonado lo que le sobra a sus escritos, comenzará a encontrar su propio estilo. Ya no es un epígono; se ha transformado en un escritor independiente.
Una vez asimilado todo lo anterior. ¿En qué momento puede considerarse que uno ya es escritor? Lo más común es que un escritor se considere –y lo consideren- como tal después de haber publicado su primera novela. Esto es, aparentemente, lo lógico; sin embargo, escritores consagrados con, no una, sino dos o más novelas publicadas se siguen considerando aprendices de escritor o incluso “escribidores”. Esta sensación no es infrecuente. El hecho es que tras su primera novela, haya experimentado éxito o fracaso, el autor ha adquirido nuevas experiencias, nuevas formas de abordar un segundo trabajo, nuevas metas que alcanzar.
Ha aprendido de sus errores. Todas estas nuevas habilidades le habrán enseñado una valiosa lección que le servirá a la hora de afrontar su segunda obra. Pero cuando se encuentra con la siguiente novela terminada se da cuenta de que, otra vez como al principio, ha aprendido, se ha superado, ha evolucionado. Es por ello que se siente constantemente aprendiendo, por lo que no todos llegan a considerarse escritores hasta que notan cómo han alcanzado un proceso de maduración que, en ocasiones, puede producirse incluso tras una media docena de novelas a sus espaldas. Pero, pensándolo a fondo podemos preguntarnos: ¿Es alguien escritor por publicar? Ciertamente no. El escritor es simple y llanamente alguien que escribe, el autor de obras escritas, el creador. La verdadera conciencia de cuándo se es escritor no la da una novela publicada, dicha conciencia se encuentra en el interior, en nosotros. Alguien que realmente se sienta escritor, es escritor, aun antes de que sus obras hayan tenido la oportunidad de salir a la luz pública.
No obstante, como ocurre con otros talentos. Es necesario un reconocimiento personal y ajeno del mismo. Si uno mismo se reconoce como escritor, pero –aparte de su madre- nadie disfruta con sus obras, existe un problema importante. El verdadero escritor es aquél que, reconociéndose como tal, es también identificado por quienes leen lo que produce.