A medida que voy leyendo vidas de escritores conocidos, o libros sobre técnicas narrativas, me doy cuenta de un detalle que comparten los dedicados al mundo de las letras: el desdoblamiento de personalidad. Todos ellos -o una gran mayoría- son un escritor apasionado y, al mismo tiempo, un corrector quisquilloso y metomentodo. Cuando se sientan a escribir, el primero es el que suele dominar la situación, pero de vez en cuando aparece el segundo para incordiar. Un problema más frecuente de lo que puede parecer.
Lo cierto es que todo escritor lleva a cuestas esas dos personalidades, y es bueno... si se controlan y se dejan salir a su debido tiempo.
Cuando escribimos, se hace necesaria cierta concentración: un lugar adecuado (adecuado para nosotros, lo cual puede resultar un concepto de lo más subjetivo), un medio que nos guste (yo me he ido adaptando de la máquina de escribir al ordenador portátil) e incluso algunos fetiches que nos sirvan de "amuleto" para hacer llegar la inspiración. Todo ese proceso sirve para lograr una introducción total en la historia, para llegar hasta los lugares más recónditos de nuestra imaginación, y hallar lo que queremos decir justo como queremos decirlo.
En esos momentos, el corrector que llevamos dentro debería mantenerse lo más controlado posible. He hablado con personas a quienes les resulta imposible no hacer correcciones mientras escribe. Por mi experiencia personal, y basándome en las biografías de escritores que conozco, es algo inapropiado. No hay que ser una lumbrera para ver que subir un par de párrafos para corregir algo que creemos mal escrito, nos sacará totalmente de la historia que estamos contando.
Por ello, lo adecuado es saber limitar a ambos a su momento estelar. El del corrector quisquilloso llegará, en el momento de corregir nuestro manuscrito. Allí podrá explayarse a su gusto cambiando, añadiendo o eliminando lo que desee. Pero durante la escritura, lo que importa es disfrutar mientras se escribe, sin presiones.
Ojo: quedan al margen correcciones mínimas. Tampoco hay que ser tan radical. No se trata de hacer un ejercicio de escritura automática, sino de evitar salirse del mundo que estamos creando.