El corrector quisquilloso.

A medida que voy leyendo vidas de escritores conocidos, o libros sobre técnicas narrativas, me doy cuenta de un detalle que comparten los dedicados al mundo de las letras: el desdoblamiento de personalidad. Todos ellos -o una gran mayoría- son un escritor apasionado y, al mismo tiempo, un corrector quisquilloso y metomentodo. Cuando se sientan a escribir, el primero es el que suele dominar la situación, pero de vez en cuando aparece el segundo para incordiar. Un problema más frecuente de lo que puede parecer.

Lo cierto es que todo escritor lleva a cuestas esas dos personalidades, y es bueno... si se controlan y se dejan salir a su debido tiempo.
Cuando escribimos, se hace necesaria cierta concentración: un lugar adecuado (adecuado para nosotros, lo cual puede resultar un concepto de lo más subjetivo), un medio que nos guste (yo me he ido adaptando de la máquina de escribir al ordenador portátil) e incluso algunos fetiches que nos sirvan de "amuleto" para hacer llegar la inspiración. Todo ese proceso sirve para lograr una introducción total en la historia, para llegar hasta los lugares más recónditos de nuestra imaginación, y hallar lo que queremos decir justo como queremos decirlo.

En esos momentos, el corrector que llevamos dentro debería mantenerse lo más controlado posible. He hablado con personas a quienes les resulta imposible no hacer correcciones mientras escribe. Por mi experiencia personal, y basándome en las biografías de escritores que conozco, es algo inapropiado. No hay que ser una lumbrera para ver que subir un par de párrafos para corregir algo que creemos mal escrito, nos sacará totalmente de la historia que estamos contando.

Por ello, lo adecuado es saber limitar a ambos a su momento estelar. El del corrector quisquilloso llegará, en el momento de corregir nuestro manuscrito. Allí podrá explayarse a su gusto cambiando, añadiendo o eliminando lo que desee. Pero durante la escritura, lo que importa es disfrutar mientras se escribe, sin presiones.

Ojo: quedan al margen correcciones mínimas. Tampoco hay que ser tan radical. No se trata de hacer un ejercicio de escritura automática, sino de evitar salirse del mundo que estamos creando.


 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

En efecto, tampoco creo en la escritura demasiado corregida, ni absolutamente automática. Mucho snobismo se esconde detras de una aparente espontaneidad. El lenguaje no puede ser vacío porque es lo único que tenemos. Tampoco aprecio las expresiones hedonistas que sugieren que tocarse aproxima más que el lenguaje. Todo pasa, solo el lenguaje permanece. Y respecto de desdoblarse para escribir, eso es cosa de los dioses, como en el caso de Fernando Pessoa. Nadie como él, más extraño y más próximo a sí mismo y a todos que ese solitario Pessoa. ( Soy el rinoceronte anónimo)

Acuática dijo...

Jo, me siento totalmente identificada... ¡yo soy una correctora quisquillosa! Corrijo mientras escribo y unas cuantas veces más después de escribir. ¡Parece que corrijo más que escribo!
Y tienes razón, a uno le saca de la historia, pero por más que lo intento, no puedo evitarlo...
Un abrazo!

Dámaris dijo...

Ese es mi dilema, no sé si debería hacerlod e otra manera, pero yo lo hago del siguiente modo. Antes de ponerme a escribir las siguientes págians de la novela, releo lo del día anterior, corrijo, quito aspectos que veo innecesarios y añado cosas que creo necesarias para la correcta interpretación de lo que intento expresar, ya uqe cunado me sumerjo en la escritura, muchas veces tengo los conceptos tan claros en mi mente, que doy ciertas cosas por entendidas, pero debería ser así. Una vez hago la lectura-corrección del día anterior me lanzo a la piscina y derramo las siguiente págians en el papel, sin importarme las faltas de ortografía o la posible mala sintaxis. Es hora de crear, mañana ya corregiré de nuevo.

Mi preocupación es que me sé carente de técnica, es decir, sé que debo tener muchas faltas sintácticas y eso me inquieta porque no tengo los medios necesarios para corregirlas a la hora de presentarle la novela a editoriales. En fin... cosas que pasan.