El nacimiento de un personaje

No es la primera vez que escribo sobre la generación y desarrollo de un personaje. En su día dediqué entradas sobre cómo el escritor se inspira en la vida real para crearlos, los tres posibles modos de presentación de nuestros personajes, y la que yo llamaba la ficha de personaje, que no es más que una descripción más o menos en detalle de cada individuo importante en nuestra novela.

Pero el caso es que, en mi experiencia personal, el primero de los artículos no siempre se cumple; de hecho muy pocas veces uno de mis personajes ha tenido algo de mí, o ha sido un reflejo de alguien real; como mucho, he tomado la apariencia de algún desconocido que me ha llamado la atención en el metro (práctica que suelo ejercitar con cierta frecuencia) o he buscado entre los rostros de mis amistades en las redes sociales (esto menos a menudo).
La realidad es que, en mi caso personal, lo más probable es que su apariencia y personalidad deriven de una imagen. Ésta procede es de un actor o actriz de cine o televisión. Así me sucedió, por ejemplo, con Praemortis, y de hecho dediqué una entrada para demostrar de dónde salían Leandra, Aadil, Stark y otros.

En muchas ocasiones, la imagen que me viene a la cabeza del actor o actriz está muy relacionada con el carácter que va a tener ese personaje. Este carácter ya ha sido desarrollado en mi cabeza, obedeciendo al papel que deseo que tenga dicho personaje en la novela; pero luego la imagen que selecciono para inspirarme ayuda a perfilar esa forma de ser.
Hace dos días colgaba en Facebook una fotografía de Hugh Jackman en Los miserables, la que he elegido para el protagonista de la novela que estoy escribiendo. No di ningún detalle sobre la novela, pero me sorprendieron todos los datos que los usuarios de Facebook llegaron a obtener de ésta. Todo a partir de una simple imagen. Es sorprendente todo lo que puede llegar a evocar.

Al final, cuando el personaje está perfilado y ha tomado forma en mi cabeza, llega el momento de ponerle nombre. Hace unos días me preguntaba por esto mismo un amigo de las redes sociales. Le contestaba que, generalmente, el nombre tiene que cuadrarme de algún modo con la idea del personaje que tengo en mi cabeza. En este proceso me temo que hay mucho de perceptivo y poco de técnico, así que no puedo dar ninguna pauta.
No obstante, en ocasiones he decidido elegir lo que en literatura se llama un nombre parlante; es decir, un nombre cuyo significado se encuentre relacionado con el carácter del personaje. Así elegí, por ejemplo, el nombre de Leandra Veldecker, en Praemortis. Leandra es la versión femenina de Leandro, que procede de las palabras griegas Leo y Andros; "león" y "hombre" respectivamente. Así que Leandra es la mujer - león - hombre. ¿Qué personalidad tendrá alguien para quien elijo un nombre con un significado tan potente? Es obvio que no va a ser precisamente una remilgada.

Por cierto, el nombre elegido para e personaje relacionado con la imagen de Jackman es Bertram. ¿Qué os parece?

3 comentarios:

Rafael dijo...

El tema de los personajes de novela es apasionante.
Hasta el punto de que un texto mío, inédito y tal, trata específicamente esto: se trata de una Residencia de Personajes de Novela, en un lugar a contramano, donde habitan esos seres maravillosos; los que ya están trabajando en alguna novela y los que esperan turno. Por cierto, cuentan con una biblioteca que ya comentaré en otra oportunidad.

Coincidimos en un detalle, y no banal: el Metro es una mina de personajes de novelas. Cada vez que lo uso hasta me pongo contento, es como si fuera a trabajar; llevo mis gafas puestas para poder curiosear a destajo: las manos de aquella, la cara de este, qué leen, cómo van vestido, si son guapas o no, cómo visten, se mueven, o miran atildados, o dejan caer la cabeza o la yerguen constantemente o la hunden entre los hombros... si parecen soñadores, si son despistados o hienas... Son auténticos arquetipos que luegon salen en las páginas dando perfil a personajes de primera, segunda o relleno. Alguna vez me ocurrió que había otro trabajando de mancera parecida: ¿Y tú qué miras?, pareció inquirirme. ¿Y tú, eh? Fue toda respuesta soltada con un gesto de mi parte.

Yo los tengo en la cabeza antes de empezar la novela, claro está. O tal vez sean ellos los que dan inicio a la obra. Tengo que dibujarlos, de varias maneras, sus cosas, sus gustos, sus defectos, sus carencias o sus aportaciones literarias, sueño con ellos, casi les doy de comer. Sólo así siento que formamos un grupo con un proyecto común.

Saludos.

Rafael

Miguel Ángel Moreno dijo...

¡Qué interesante! De modo que el metro es toda una fuente de inspiración para escritores, jeje.
Saludos.

Anónimo dijo...

Es como pensar en el nombre de los hijos, tiene que cuadrarte con quienes son, para que su nombre de fuerza a quienes son y a su personalidad. Fernanda M.